miércoles, 21 de septiembre de 2016

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, de Patricio Pron (2016)



«Oreste Calosso. Roma, 16 de marzo de 1978.

Aunque la elección más natural hubiese sido Milán o Turín, fue precisamente ese hecho, el que fuese una elección natural, el que, sumado a los bombardeos, nos hizo pensar en otro lugar para celebrar el acto. En febrero de 1945 ya habíamos escogido un lugar, lo suficientemente cerca de ambas ciudades para que el viaje no constituyese un obstáculo y lo bastante lejos de Saló como para que fuese evidente para la prensa extranjera que la adhesión a la República Social que esperábamos obtener por parte de los autores que participaran del Congreso, que de algún modo ya estaban prestando al aceptar nuestra invitación, no era el resultado de coacción de ningún tipo. Escogimos Pinerolo, una ciudad pequeña a unos cuarenta kilómetros al suroeste de Turín, junto al río Chisone.»


Patricio Pron, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Buenos Aires: Literatura Randhom House, 2016.


martes, 20 de septiembre de 2016

Por la Tierra del Pan. Novela de costumbres, de Emilio P. Corbière (1933)



«Aquella mañana, al subir Betino Saveri a la cubierta del transatlántico que le conducía desde el puerto de Génova, vió por primera vez las aguas del Río de la Plata, barrosas y calmas, que el navío surcaba suavemente, rodeado de gaviotas, cuyos agudos gritos pareciánle un saludo de bienvenida. El sol, asomando por la costa uruguaya, iluminaba el estuario, dándole colorido plateado que afectaba los ojos con el excesivo brillo de las aguas. No se destacaban todavía las costas, esfumadas en el horizonte como pequeñas nubes grises, en tanto al paso del buque iban quedando otros pequeños navíos, de marcha rezagada, en los que a esas tempranas horas, los marineros hacían el baldeo de las cubiertas u otros trabajos de limpieza, mirando indiferentes el tránsito del gigantesco transatlántico.
El Río de la Plata presentábase a Betino como la visión de un sueño feliz, con ansiedades de misterios y acicates de aventura, y miraba la línea de avance del buque, buscando en el infinito el mundo de felicidad que tantas veces habían referido a la familia los paisanos radicados en la Argentina. Apoyado en la borda, indiferente a lo que sucedía a su lado o lo que hacían otros pasajeros, que como él también vivían horas de incertidumbre, su pensamiento pretendía descubrir tierras y hombres, con pueblos para él incomprendidos pero que presentía de amigos y hermanos, porque idealizábanse en el trabajo que era el objetivo de su viaje.
El monótono y continuo chasquido de las olas al abrirse cortadas por la proa del navío, representaba un repiqueteo de otros tantos ruidos que alcanzaban su cerebro, aturdiéndole en el análisis de las cosas presentes para revivir el recuerdo de las pasadas. Propicio el momento para las evocaciones cariñosas, la aldea del Piamonte, a los veinte y dos días de la partida, aparecía en su mente con rasgos de una virilidad que antes no habíale conocido. La distancia y las impresiones nuevas aumentaban en su retina la belleza de los detalles. Allá estaría aún la vieja madre mirando, con ojos anhelosos y empañados por ardientes lágrimas, la carretera inmediata a la casa, por donde él y su hermano Carlo salieron del pueblo rumbo a Génova, y creyendo que los veía alejarse, murmurando cada mañana una oración que debía favorecerles en la suerte del viaje, con ese espíritu cristiano tan hondamente arraigado en el alma de las mujeres aldeanas. Betino la había dejado en ese lugar al despedirse y conocíala bien, para saber cuántas bendiciones les daría a todas horas, buscando así un lenitivo para su atribulado espíritu de madre, que intuitivamente adivina en la ausencia de los hijos, la muerte o el olvido.
Betino Saveri tenía 26 años. Vivaz, inteligente, espontáneo en el examen de los hechos y comprensión de las contrariedades; su temperamento manso hacíale adaptable a las horas y cosas que vivía, sin amargarlas. Robusto, sano, de ancha frente y ojos azules, esos ojos de los italianos del Norte, que tienen imágenes de poesía o arte en la mirada, atraía sugestivamente. Sin ser un hombre ilustrado, sus estudios escolares y el ejemplo del hogar paterno, habíanle habilitado para presentarse ante los demás con recato y fineza, dejando de ser el rústico labrador de la tierra que no levanta la cerviz del surco del arado. La lectura de algunos libros viejos que el padre guardaba religiosamente y sus conversaciones con los amigos de éste, el párroco, el médico y el alcalde, ex diputado departamental, también nutrieron su cerebro con otros conocimientos que le permitieron sobresalir en el círculo de los convecinos, en mayoría analfabetos.»


Emilio P. Corbière.
Por la tierra del Pan. Novela de costumbres. Buenos Aires: Librerías Anaconda, 1933.

El gaucho. Desde su orígen hasta nuestros días, de Emilio P. Corbière (1929)



«A medida que los inmigrantes fueron entrando al país y ubicándose en sus lugares de trabajo, éste fue adquiriendo impulso y desarrollo, alimentado por la acción de familias que si traían hambre, también traían un corazón grande para ponerlo al servicio de todas las causas buenas, sin que el gaucho concurriera a secundarlas en sus tareas ni a interrumpirlas. Desde lejos, huraño el de abajo y escéptico e indiferente el de arriba, miraron esa labor del gringo, como así dio en llamar al extranjero, sin interesarle lo que hacía, porque, al fin, no le privaba del goce de ninguna de sus prebendas del pasado. ¿Pero qué iban a privarles, si, precisamente, ellas eran el fruto del atraso y el abandono, de las cuales no precisaba el inmigrante disponer para su plan de enriquecimiento? Y así como cien años antes, el gaucho fue despreciado por el español, ahora era despreciado por el inmigrante, y a la vez éste despreciado por el gaucho, mientras los hijos de ese inmigrante, siguiendo las inspiraciones de los padres, agachan la cerviz ante el libro y el yunque, para levantarla formados ciudadanos argentinos de suficiencia y constituir la familia que con el orgullo que justifica la cultura, recoge y mejora el legado de los líricos criollos de la Revolución de Mayo; familia que no oprime al nativo con el pergamino de rancias señorías ni establece privilegios ni castas, dando sus hijos al amor honesto del hogar matrimonial, sin excluir la contribución del gaucho, que si hasta tanto llega alguna vez, es para perder en la mezcla las flaquezas de su raza.
De esos europeos, que desde 1880 a la fecha, han duplicado la población del país, desciende la familia argentina, que vigorosa y sana, encarna la verdadera fuerza moral de la Nación; ella es la que va llevando al rancho el efluvio de la vida nueva, higiénica y culta; que combate el paludismo en un lugar, la coca en otro y el alcoholismo en todos, carcomas que roen las energías de la familia nativa, sin que sus cabecillas y decantados propulsores se acordaran en tres siglos de eliminarlas; que hace de cada cuartel una escuela para llevar la luz de la instrucción al cerebro obscuro del paisano, monopolizado por los prejuicios religiosos, y que en cátedras populares y universitarias enseña a amar y respetar la patria como principio de orden y basamento de grandezas.
Es verdad, que el inmigrante trae de su país la lección de la miseria aprendida, maestro así para defenderse aquí de ella, y que son los temperamentos fuertes los que se lanzan a la conquista del pan en un nuevo mundo, donde la fe en lo personal valía es el escudo, en tano el criollo y el mestizo, están en su tierra, viviendo como los abuelos vivieron, sin ilustración ni iniciativas, pero sin necesidades, que son los acicates que obligan a mirar lejos el horizonte. La tranquilidad solariega de la aldea, como diría el poeta, fue la santa aspiración de la vida patricia, con sus días monótonos, aburridos e iguales; fue necesario que viniera el extranjero a modificar sus costumbres, y a desterrar para los museos el farol del alumbrado alimentado a aceite y la crujiente “volanta” de los paseos de Palermo, poniendo la nota mercantil del trato diario, donde privaba la mojigatería de las viejas beatas del coloniaje. No hemos de desconocer que con el extranjero vinieron también el lujo, desarrollado en nuestra buena gente en forma epidémica, y vicios nuevos, secreciones de las grandes ciudades europeas, pero menos peligrosas que la indiferencia y la apatía nativa, porque aquellos males pueden combatirse y los combate la parte sana de cada pueblo, que es la mayoría, mientras los apáticos son carne propicia y de raigambre para esas y otras desgracias sociales. Pero es que el vicio no fue una novedad sino por su exotismo; todos los pueblos tienen vicios y el nuestro, desde la Conquista sigue manteniendo varios. Si hubiera que eliminar a los viciosos, aún con un criterio tolerante, quedarían muy pocos individuos sobre la tierra argentina! Si el extranjero, pues, nos ha traído algo malo, lo bueno que también nos trajo es muchas veces más valioso, y excusa aquel trastorno.»



Emilio P. Corbière. El gaucho. Desde su orígen hasta nuestros días. Buenos Aires: Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, 1929.



martes, 2 de agosto de 2016

Canzoneta, de Enrique Lary y Erma Suárez



                       Canzoneta.

¡La Boca! … ¡Callejón!...
¡Vuelta de Rocha!
¡Bodegón!... Genaro y su acordeón.

Canzoneta gris de ausencia,
cruel malón de pensas viejas
escondidas en las sombras del figón.
¡Dolor de vida!
¡Oh mamma mía!
Tengo blanca la cabeza
y yo siempre en esta mesa
aferrado a la tristeza del alcohol.

Cuando escucho “Oh sole mio!
Senza Mamma e senza amore”
Siento un frío acá en el cuore
que me llena de ansiedad.
Será el alma de mi mamma,
que dejé cuando era niño.
¡Llora!... ¡Llora! ¡Oh sole mio!
¡Yo también quiero llorar!
¡La Boca!... ¡Callejón!...
¡Vuelta de Rocha!
Ya se van… Genaro y su acordeón.

¿De mi ropa? ¿Qué me importa
si se mancha con las copas
que derramo en mi frenético temblor!
Soñé a Tarento en mil regresos,
pero sigo aquí en la Boca
donde lloro mis congojas
con el alma triste, rota,
sin perdón.

Letra: Enrique Lary.
Música: Erma Suárez.




Imágenes: "Elevadores a pleno sol" (1945) y "Amanecer rosado" (1971) de Benito Quinquela Martín.       

sábado, 25 de junio de 2016

Motu proprio, de Victoria Ocampo (1977)



«Yo había iniciado mis colaboraciones en La Nación con un artículo sobre el Canto XV del Purgatorio. Me pidieron otro comentario. Pero yo ya estaba lanzada en algo más ambicioso que un breve escrito adecuado a un diario. Me atreví a trepar por la escalera empinada y glacial de la Biblioteca Nacional para llevarle algunas páginas del mamotreto al talentoso Cancerbero de esa fortaleza. Imprudente ocurrencia. Groussac se equivocó, no en su certero juicio de crítico erudito, sino respecto a mis propósitos y ansias. Me escribió una carta que conservo […] afirmaba que demasiado se había comentado La divina comedia. De no aportar un dato inédito o un enfoque original, más valía dejarla en paz. Me aplicó un sinapismo cuyas virtudes revulsivas le parecieron necesarias: echó mano de la palabra “pédantesque” en francés, con sus resonancias satíricas. Me aconsejó que escribiese sobre un tema más a mi alcance, más personal.
En aquel momento no tuve presente su acerba crítica al Sarmiento de Rodin que, salvando las distancias, me hubiese reconfortado. Yo era una inexperta principiante y no tenía el derecho de replicar […] Quedé anonadada. ¿Algo personal? Este hombre no se daba cuenta de que nada era más personal para mí, en ese momento, que La divina comedia. Formaba parte de mi autoeducación.
Poco faltó para que tirara al canasto las notas acumuladas durante meses de lectura. Por suerte, el amigo, que no era escritor, supo devolverme la calma cuando se enteró del contenido de la carta. “¿De cuándo acá te acobardás porque un señor que sabe mucho, pero que no te sabe a vos, dictamina que no has de escribir sobre un poeta que te atrae? A las primeras de cambio te das por vencida. Así no llegarás a nada. Te desconozco. ¿Qué te importa que califiquen de pedantería lo que no es?”
En efecto, me constaba que mi comentario de La divina comedia, bueno o malo, no guardaba la menor relación con la pedantería. En ese sentido fallaba el diagnóstico de Groussac. Yo me asomaba con fervor al mundo que un temperamento afín al mío (subrayo temperamento) descubría en las hondonadas de su ser. También yo estaba perdida en la selva. En Dante había encontrado lo que exigía mi equilibrio: un poeta preocupado por las leyes y el significado de la vida; en otras palabras un poeta filósofo.»


Victoria Ocampo, “Motu proprio”, Revista de la Universidad de México, 12: 25-28.
Fotografías: Victoria Ocampo. Paul Groussac.

jueves, 9 de junio de 2016

Autobiografía, de Victoria Ocampo (1952)



«Como yo seguía en ese momento, los courses de Hauvette sobre Dante, hablábamos [Victoria Ocampo y el pintor Dagnan Bouveret] de la Divina Comedia. Yo le contaba, con entusiasmo, mis impresiones de colegiala. Tantos comentarios le hice que decidió colocar en la mesa en que yo me apoyaba (para el retrato) una cabeza de Dante que tenía en el atelier. A mí me pareció perfecto. Pero cuando se entera-ron en casa de la presencia de una “lírica hiena” (como diría Ortega en un futuro prólogo) en la composición de un retrato mío, le hicieron notar, con diplomacia, al pintor, que ese nuevo adorno no le iba a una chica de diecinueve años y que resultaría pretencioso, o sería interpretado como manifestación de un ridículo basbleuisme. Dagnan contestó que mi afición por Dante le parecía justificar plenamente “el adorno”, pero que estaba dispuesto a borrarlo y reemplazarlo por unos pensamientos o una rama de laurel en un florero. Así lo hizo. Nos separa-ron, pues, a Dante y a mí, en efigie, y el mundo vegetal ocupó su lugar sin (en mi memoria) “briser son absence”. Tan no la quebró que mi primer artículo, publicado en La Nación, fue un comentario sobre la Comedia (diez años después....es decir después de diez años de navegar contra viento y marea). Mis entusiasmos, CUANDO NO HAN SIDO DEFRAUDADOS, han sido tenaces y tentaculares como la glicina.»


Victoria Ocampo, Autobiografía II. El imperio peninsular. Buenos Aires: Sur, 1952.

Retrato de Victoria Ocampo por Dagnan Bouveret (1910). Propiedad: Villa Ocampo (San Isidro, Buenos Aires).
Bosquejo de retrato de Victoria Ocampo por Dagnan Bouveret (1910). Propiedad: Villa Ocampo (San Isidro, Buenos Aires).


Imágenes:

sábado, 4 de junio de 2016

"Los amantes" de Silvina Ocampo: Paolo y Francesca



«No las puedo olvidar: una era más grande que la otra. Eran amarillas con dibujos negros. Parecían un enorme pensamiento. Las vi una mañana a fines del invierno haciendo el amor en un camino. Al principio creí que eran dos hojas caídas de un árbol llevadas por el viento. Solas, tan juntas y apretadas estaban; una de ellas arrastraba a la otra. El viento las derribaba a las dos. Volvían a levantarse y volvía el viento a derribarlas como si fueran de papel. Así siguieron luchando contra el viento sin sentirlo, ensimismadas, enamoradas, enloquecidas. No podía dejarlas, no, no podía, en aquel camino de invierno. Me arrodillé y las tomé de las alas. Las sentí palpitar entre mis dedos como si dieran gritos. Las llevé hasta mi casa. Allí las dejé en el borde de la ventana donde seguía soplando el viento. Almorcé sintiendo que era un acto muy vulgar almorzar en el momento en que dos mariposas hacían el amor en el borde de una ventana. Fui corriendo varias veces a verlas. El viento seguía soplando y una de las mariposas seguía arrastrando a la otra, y la otra seguía adherida a ella como un alfiler. Y el mundo había desaparecido para ellas.»

Silvina Ocampo, «Los amantes». En Las repeticiones y otros relatos inéditos. Buenos Aires: Sudamericana, 2006.




«Io venni in loco d’ogne luce muto,
che mugghia come fa mar per tempesta,
se da contrari venti è combattuto.                                  

La bufera infernal, che mai non resta,
mena li spirti con la sua rapina;
voltando e percotendo li molesta.                                 

Quando giungon davanti a la ruina,
quivi le strida, il compianto, il lamento;
bestemmian quivi la virtù divina.                                   

Intesi ch’a così fatto tormento
enno dannati i peccator carnali,
che la ragion sommettono al talento.                           

E come li stornei ne portan l’ali
nel freddo tempo, a schiera larga e piena,
così quel fiato li spiriti mali;                                            

di qua, di là, di giù, di sù li mena;
nulla speranza li conforta mai,
non che di posa, ma di minor pena.                             

E come i gru van cantando lor lai,
faccendo in aere di sé lunga riga,
così vid’io venir, traendo guai,                                        

ombre portate da la detta briga;
per ch’i’ dissi: “Maestro, chi son quelle
genti che l’aura nera sì gastiga?”».

Dante Alighieri, Inferno, Canto V, Divina Commedia.


Imágenes: 
“Paolo e Francesca”, por Gustave Doré (1861-1868).
“Paolo e Francesca” por Ary Scheffer (1835).
“Il cerchio della lussuria: Paolo e Francesca” por William Blake (1824-1827).